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Buenos Aires -

13-03-2018 FúTBOL

Alejandro Orfila, el entrenador zen del ascenso


A más de seis meses de haber dado el ejemplo en uno de los hechos más vergonzosos en la historia del fútbol argentino, la polémica final por el ascenso a la B Nacional entre Deportivo Riestra y Comunicaciones, Orfila explica - y demuestra - los porqués de su honestidad. Ya no es el jugador que se enfurecía rápido. “Hay que investigar a Leandro Freyre, sancionarlo. Y después, recién ahí, darle una nueva oportunidad”, aclara. Ese tema del que no quiere ni hablar, porque ya pasó, pero habla. Un modelo de persona - un estilo de vida, una manera de tomarse las cosas - que puede revolucionar.

Es Octubre de dos mil diecisiete y es una mañana ruidosa, molesta. Alejandro Orfila - el director técnico, pelado, barbudo estilo metalero - hace dos años que no es futbolista, que no es el conocido jugador del ascenso, pero corre apartado de los jugadores. Hasta que le avisan que llegó Patricio Loustau, termina rápido el entrenamiento, junta al grupo y la puerta del salón está abierta. Lousteau - un árbitro que parece que sí ve las cosas - vino para charlar sobre reglamento: eso que tienen entre dientes. Se siente identificado con los valores del equipo y se acerca como persona: no quiere que nadie sepa de lo que va a hablar. “Estamos orgullosos de la forma en que nos desenvolvimos con lo de Riestra - interviene Orfila -. La verdad que disfrutamos todo y la hemos pasado muy bien. El árbitro, bueno, trató de hacer todo lo mejor posible, esa también era una situación nueva para él y la manejó muy bien. Considero que nadie hizo nada malo como para tener que pedirme disculpas. Por más que se sepa la verdad no me cambiaría en nada, seguiría disfrutando por todo lo que pasó. Nosotros hicimos lo que pudimos, hay que investigar”.

Parece una declaración de cassette, de esas para seguir el paso, a un mes de que Comunicaciones haya sido perjudicado en la final por el ascenso a la B Nacional.
Pero no.

Orfila ya no siente los golpes.

Porque cuando Leandro Freyre - el invisible futbolista de Riestra -, camuflado en un camperón Adidas negro con blanco, invadió el campo, Orfila recordó todas las escenas de película que vivió en su vida: recordó cuando un barrabrava de remera amarilla y negra le robó en plena General Paz y después volvió con un grupo por la ruta - todos corriendo, como una horda de zombies - y casi lo matan, allá por 1999; recordó que, por cierto, Crónica TV lo dio por muerto y desde el Hospital Zubizarreta tuvo que desmentirlo; recordó que entraba a pegar a la cancha y le pasaba algo - ganaba, empataba o perdía - y quedaba horas encerrado en la habitación, creando un mapa en su cabeza, una fórmula; recordó cuando pasaban los cumpleaños de los hijos y no participaba.
Y entró en escena: se lanzó a separar a Sebastián Corda, que lo fue a encarar a Freyre y recibió una trompada; a separar a Agustín Cattáneo, que estaba sacadísimo. Después, cuando su equipo estaba más alejado, fuera de peligro, fue directo al árbitro. A pesar de que el partido haya quedado suspendido por la invasión y que los jugadores de Riestra festejaran en sus caras, Orfila sabía que un nuevo camino, el que elegiría, iba a traer mejores consecuencias.

- Esa es la verdad - dice Orfila -. Mis jugadores lloraban, todos, pero de la emoción. Tuve que trabajarlo.

Orfila cenaba en la casa de Guillermo Almada, su asistente, cuando anunciaron que finalmente los cinco minutos restantes se iban a jugar. Siguió comiendo. Pero mandó un mensaje de alerta al grupo: tenían que concentrarse al día siguiente bien temprano para hablar y planear una estrategia de juego. “Pero estamos tranquilos, el técnico nos transmite calma, seguridad”, contó Corda, sin pesar, incluso con el fallecimiento del padre en la semana. El hashtag #TodosSomosComu retumbaba las redes. Orfila era el Guardiola del ascenso, sin haber ganado nada. El micro que lo trasladaba iba zigzagueando, rodeado de personas que gritaban y apoyaban. El país hablaba de uno de los episodios más bochornosos de la historia del fútbol argentino. “No hay nada peor que la condena social”, fue lo único que dijo en referencia a Riestra. Pero los seis delanteros que puso no metieron el gol, y el Tribunal de Disciplina - encabezado por Fernando Mijtans, presidente de la entidad - decidió bajarle la sanción a Riestra en un fallo que Chiqui Tapia, el mandamás de la AFA, siguió de cerca.

Orfila, curiosamente, escuchó a Tapia decir por primera vez que iba a dirigir el fútbol argentino. Fue el día anterior al ascenso con Barracas, mientras tomaban mate en una habitación: “Un día voy a ser presidente de la AFA”, le dijo.

***

Orfila sí ascendió - sin mencionar a Guillermo Almada, el ayudante de campo, que es la única cara conocida -.

Es un mediodía soleado de dos mil dieciocho. En Caballito, el techo de una tribuna parece - luce frágil, como una hoja de cartulina - que se va a quebrar. Ferro no gana desde Octubre. La barra hace un banderazo con insultos en un entrenamiento y va a apretar a los jugadores al vestuario. Orfila no deja que lleguen hasta ahí y les dice que no lo va a permitir, que con ellos no.

Pero Ferro vuelve a la victoria y Orfila viste pantalón corto, remera verde. Habla con un jugador y se le acerca al oído, le acaricia la nuca, lo deja ir. Y aparece: la pelada dorada, brillosa, la virgen tatuada en la pierna, que tiene cicatrices.

- Quiero disfrutar, siempre quise disfrutar.

El uruguayo logró una rica trayectoria como futbolista en el ascenso: jugó en Tigre, Sportivo Italiano, Temperley, Tristán Suárez, Deportivo Morón, Villa San Carlos, Barracas Central, Colegiales, Talleres de Remedios de Escalada, San Telmo, Sacachispas, San Miguel. Y Almirante Brown: el club de remera amarilla y negra, de los hinchas que lo intentaron asesinar y lo dejaron ensangrentado, inflado, tirado en el living de una casa de familia. Ahí llegó seis años después del hecho, luego de insistirle a su mujer que él no había tenido un gramo de culpa. Y se podría decir - se debe decir - que conoce más el ascenso que Uruguay. Era un cinco impasable que rompía y salía jugando al ras del suelo, un vikingo suelto en el conurbano.

Con el tiempo se convirtió en un personaje antológico, un verdadero uruguayo: en el ascenso nadie pegaba tanto como Orfila.

Pero fue, sobre todo, un jugador rebelde, bravío, indomable: cuando olía que un técnico perjudicaba la salud mental de un grupo, intercedía y solucionaba el problema. Siempre priorizó el bienestar de cada uno de sus compañeros porque “para jugar bien hay que estar bien de la cabeza”: se los llevaba a un rincón y les decía que primero está la gloria y luego, mucho más lejos, el dinero. Fue capitán en todos los clubes. No lo llamaban para que haga cambios de frente ni para bajarla en la mitad de la cancha ni, mucho menos, para que haga goles: lo citaban para dar charlas motivacionales. Aunque es reacio a los psicólogos.

- Usted es como un capitán-entrenador.
- Es una ideología. Soy conductor, el líder del equipo. El capitán es el futbolista, pero como entrenador tengo que liderar. Me gusta trabajar mucho. A los jugadores les digo que vivan el fútbol, que disfruten siempre; que tengan sueños, expectativas, pero que nunca dejen de disfrutar. Que la presión de dar resultados nunca los lleve, porque sino no les va a funcionar. Que cada uno de los futbolistas se sienta protagonista dentro del campo, y que lo sienta todo el tiempo. En algún momento del entrenamiento con alguno hablo, de fútbol, de la vida. El diálogo con el futbolista es muy importante. Estamos esperanzados de que demuestren las capacidades que tienen y que tengan apoyo afectivo, que eso es lo que más me interesa. Mi sueño cuando me toca conducir, más allá de ganar, es que ellos estén a gusto. Mi mujer es mi clave a tierra, fue el sostén de mi carrera como jugador. Me hizo entender un montón de cosas para no estar en la vorágine del fútbol. Pero nosotros ya somos una familia muy tranquila, le damos más importancia a otros valores humanos. La vorágine del fútbol te lleva a perderlos, por el hecho de estar, de pertenecer, de dar resultados. Yo lo disfruto, porque ¿cuándo lo vamos a disfrutar? ¿cuándo no lo tengamos más? Me interesa más el camino y el disfrutar. Si no, cuando querés acordarte, la vida te llevó puesto. Y no hay más nada. Me pasó de futbolista. No disfruté como debería, entonces no me lo permito más.

- ¿En ningún punto extraña jugar a la pelota?
- Nunca más. Ya no voy ni a jugar con mis amigos. Lo que tenía que hacer lo hice. Hasta a veces me cuesta jugar con mi hijo. Yo le hice mucho daño a mi familia cuando era futbolista, por la vorágine de fútbol… entonces no lo quiero hacer más. Ahora mismo cada entrenamiento lo disfruto, cada partido, y el resultado no me cambia la manera de vivir. Ahora no, en la vida tampoco. Al estar afuera puedo ver las cosas con más tranquilidad, sino me vuelvo loco. Tengo a mi familia. La nena sabe que soy entrenador, pero ni importancia. Yo le digo que quiero que venga y ni viene. Está grande y además vivió el fútbol mío cuando era futbolista en toda su niñez, y ya no quiere saber más nada. El nene sí, es futbolero, está todo el tiempo pendiente. Él tiene doce y la nena quince. Al nene lo engañaba cuando era chico: le decía que jugaba muy bien. Cuando ya creció, a los ocho, me vio en un partido y cuando volvíamos para casa me dijo: “Papá, me mentiste: sos horrible. Vos siempre me decías que jugabas bien y lo único que hacés es pegar patadas”. Y… mientras podía lo engañaba.

A Orfila lo contactó Daniel Pandolfi, el presidente de Ferro, una vez que se desvinculó de Comunicaciones, el club en el que pudo demostrar todo su potencial como entrenador y hacerlo jugar como nunca lo había hecho en su historia. El año pasado ya había tenido oportunidades de ascender: las había rechazado por respeto a la institución. Consideraba que no era momento para irse de un momento a otro, porque Comunicaciones no podía reacomodarse. “Comunicaciones no es una institución poderosa como otras que sí se pueden acomodar de un día para el otro. Dentro de esa situación se sentía que era muy injusto de mi parte decir ‘me aprovecho de esta situación del crecimiento profesional’. Entonces, sabiendo eso, esperé hasta diciembre que el club tenía un mes y medio para buscar entrenador y el próximo entrenador que llegara tenía dos meses para trabajar. Comunicaciones, salvando la distancia, no es Boca: a Guillermo Barros Schelotto lo viene a buscar la Juventus mañana, se va y al segundo Boca acomoda todo rápido porque tiene otra estructura. Comunicaciones no”, explica Orfila. “Un señor con todas las letras”, coinciden hinchas en un posteo de Facebook. “Gracias por todo Chano, por tu fútbol, tu trabajo, tus palabras siempre justas”, escribe una señora. Lo despidieron a los abrazos.

“Los valores - dice Ezequiel Segura, dirigente de Comunicaciones -. Eso dejó: valores”.

- ¿Por qué lo despidieron de esa manera de Comunicaciones?
- Fue uno de los hechos más lindos que me tocó vivir en el fútbol, es el reconocimiento… Lo mismo los jugadores del equipo, que salieron con una pancarta alusiva hacia mi persona y el cuerpo técnico; la dirigencia que me hizo la plaqueta y me hizo socio honorable del club. Es lo que queda: eso. ¿El dinero, los títulos? Todo esto queda para toda la vida… Yo no me lo olvido nunca más, eso es la vida. Es un reconocimiento a mi forma de ser, a mi trabajo y a mi forma de manejarme con todos ellos. Bajé para retribuirles que me fueron a esperar: lo mínimo que puedo hacer es ir a saludarlos. Les demostré mi respeto.

- Por el ejemplo que dio con lo de Riestra.
- Esa es mi forma de ser. No se trata de progresar pisando cabezas. Yo en ese momento si hubiese podido pisar cabezas, quizás podría haber progresado, e incluso mucho más rápido, pero no es mi estilo, no me gusta eso. Es el reflejo de lo que soy, es así. Es muy factible que hubiese sido mucho peor, pero ya está, ya pasó. Lo bueno es que te recuerdan, en los lugares donde vas pasando, por cómo sos como ser humano. Es lo que más me interesa. Esa imagen. Porque es lo que queda: lo otro se va, se esfuma, queda en una pared, en un auto, en una casa, en lo material. Lo demás lo llevamos para toda la vida, adentro. La gente se nubla con el dinero, con tener poder, y eso no te deja vivir normalmente. Hay mucha gente que para progresar, si puede, te pisa la cabeza. Y no es así. Hay que progresar por tu forma, por tu medio, por tu trabajo, por tu virtud, sin molestar a nadie. Lamentablemente está lleno, hay que cambiar, de a poco, cada uno desde su lugar. Mirá si viviésemos un poco más tranquilos, menos acelerados, y trabajáramos y disfrutáramos y viviéramos. El ser humano toma conciencia cuando le pasa algo duro. Mientras no le pasa camina rápido, rápido, rápido. Pero el día que le pasa, toma conciencia. ¿Y para qué esperar a eso? ¿Por qué no vivimos un poco más tranquilos todos? Me encantaría que este cambio sea una tendencia: cuantos más seamos de esta forma, mejor vamos a vivir. Pero yo no soy el que está acertado y los demás están equivocados. No. Yo elegí tomarme la vida de esta manera e intuyo que todo estaría mucho mejor. Toda mi familia es así, mis padres son iguales. A los que les toca conducir trato de contarles que también está esta forma de vivir y que, además, nos puede ir bien, que podemos crecer.

- ¿Cree que todo quedó en el olvido?
- Yo no siento que ya pasó, queda como un precedente de que todos podemos aprender de ese hecho, estoy completamente seguro. Todos aprendimos. Nadie del fútbol va a querer que esto vuelva a suceder. Entonces, a partir de ahora, espero, van a tomar conciencia y mejorar. Tengo la esperanza. Yo creo que ese fue un punto de inflexión para mucha gente del ambiente del fútbol. Tiene que servir para que no suceda NUNCA más. Y que mejore, que cada uno desde su lugar haga lo mejor posible, siembre de buena forma, con buenos modales. No digo que hayan sido deshonestos, sino que fue un hecho que no gustó. Se dio para que mucha gente recapacite, tome conciencia y se alíe a la forma de trabajar.

- Hoy Freyre está libre y su fallo no salió.
- Está libre y no tiene ninguna sanción, eso es lo que me da… Escuché que fue catalogado como que entró de una forma inocente. ¡Pero entró! Me gustaría saber por qué entro al campo, por qué lo hizo, qué se le pasó por la cabeza, por qué se le ocurrió, y a partir de ahí veamos que pasó por atrás. Confío en que esa situación en algún momento se va a reordenar y no me refiero ni al club ni a los futbolistas ni a al cuerpo técnico ni al presidente de Riestra: me refiero a la persona que ingresó al partido y que hizo lo que quiso. Hay que investigarla, sancionarla. Y después, recién ahí, darle una nueva oportunidad.

Nota: Matías Fernández Burzaco (@MatiFBurzaco).

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